¿Qué queda de nosotros cuando morimos? ¿Desaparece la intimidad con el frío? ¿Se guardan los secretos tras el entierro? ¿Se respeta el silencio o se consuela a los que nos añoran?
El otro día hablábamos por aquí de la creación de una identidad en la Red, de la traslación del yo a los universos de Internet y de cómo gestionamos lo que somos en las comunidades virtuales. Todo esto se puede hacer en vida pero ¿Qué ocurre a nuestra muerte? ¿Qué derechos prevalecen?
Hace ya unos meses Yahoo se vio obligado a abrir la cuenta de correo de un soldado estadounidense muerto en Irak a su familia y parece que ahora la historia se repite: la hija del poeta William Talcott anda en conversaciones con el portal para que le permita acceder a su perfil para poder así comunicar el fallecimiento de su padre a muchos de sus contactos. Talcott no guardaba copias en local de sus datos y su hija se enfrenta ahora no sólo a la ausencia, sino a la lógica empresarial de la protección de datos. Varios servicios similares ya han previsto protocolos en caso de muerte y permiten a los familiares más cercanos acceder a los buzones de sus respectivos fallecidos, pero Yahoo por ahora se aferra a la protección de la privacidad de los datos de su cliente dejando a la hija de Talcott en una relativa intemperie.
¿Pueden los vivos infiltrarse en la vida de sus muertos? ¿Deben tener permiso para revisar sus cartas? ¿Caduca la privacidad?
Espero que laprivaticidad no tenga fecha de caducidad.
Nunca!!!
¿Nos cobrará la SGAE por estos derechos también?