Quiénes somos

Calidad y emoción

El mal sonido de los iPods ha tenido un impacto y un montón de gente está volviendo al vinilo.

Sin duda uno de los éxitos del formato mp3 y la irrupción de los reproductores digitales ha sido la expansión del mercado de la música. Ahora todo el mundo consume música en cualquier parte. La escucha ha pasado de ser un ritual más o menos íntimo a una rutina: algo se veía venir ya con los walkmans (y eso tan horrible que fue el discman), pero ha sido con los reproductores de mp3 cuando ya se ha popularizado por completo eso de ir todo el santo día con los auriculares.
Las redes de intercambio de archivos han acabado de dibujar un escenario de consumo masivo cuyo primer resultado es evidente: nunca le ha ido mejor al sector de la música. Pero que también hay que lamentar un lado oscuro: la calidad media de la que se consume es bastante miserable (cuando no directamente deplorable). Y no nos referimos a lo que se escucha, que también, sino a la calidad de los archivos que suele ser manifiestamente mejorable. Rebusquen en su discoteca y verán como tienen algunos cortes de música todavía en mono o en ratios de compresión malos de dolor.
Este fenómeno (rebusquen en la mula y verán lo que encuentran…) llena muchos reproductores de música poco más o menos que indigna y hay quien ha empezado a hartarse. ¿Remedio? La nostalgia.
Según extracta el blog de música de Cnet, algunos consumidores jóvenes de música están dando de lado los formatos digitales para volver, pásmense, al viejo vinilo. ¿El motivo? La calidad del sonido es infinitamente superior al de muchos mp3 que circulan de mano en mano. Así, las ventas de discos de vinilo están viviendo un leve repunte (miren en su tienda indie más cercana y encontrarán pruebas) gracias a nuevos entusiastas exquisitos que buscan repetir esa experiencia íntima y completa que se destila de la música.
Si la Industria es un poco lista puede encontrar en este pequeño resurgir del vinilo un filón comercial: este formato está ligado a un montón de emociones más allá de la evidente calidad: las cajas, los libretos enormes, la experiencia de la aguja, los dedos sobre el filo del disco forman un compendio de pequeñas sensaciones por las que cualquier melómano está dispuesto a pagar. La música tiende a ser gratis, generar emociones como las que se tienen frente a un tocadiscos puede ser un mercado rentable.

14 de Enero, 2008 por Ícaro Moyano Díaz
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