Yo me esmero, se lo prometo. Me esmero en resultar ocurrente para que ustedes pasen un rato agradable aquí en ‘La Tejedora’ y resulta que les da igual, que apenas si sobrevuelan el texto y picotean algunas de las palabras publicadas.
Algo así se puede deducir del nuevo estudio de Jakob Nielsen sobre usabilidad y rutinas lectoras en Internet que concluye que los usuarios leen cómo máximo un 28% de las palabras de una web y, de media, apenas si se se detienen en uno de cada cinco términos de una página.
Ustedes, queridos lectores, dedican un tiempo medio a una página breve (100 palabras) de unos 25 segundos (poco, señores, poco) y luego pasan unos 4.4 segundos más por cada centenar nuevo de palabras. Vamos, que su interés mengua y mengua y todo esfuerzo por sumar texto a un archivo es melancólico: cuanto más palabras haya menos leerán los usuarios.
A estas alturas no sé si ustedes habrán llegado hasta esta línea.
Sólo había que dar con la fórmula y de nuevo es Apple el que lo ha logrado. Desde hace ya años llevamos en el bolsillo cacharros sofisticadísimos que apenas si usamos. El ratio de uso de los reproductores de música, los navegadores web y demás servicios de Internet en terminales convencionales o smartphones es casi despreciable. Son incómodos, poco intuitivos y confirman la sensación de que al final apenas si hacemos cuatro cositas con el móvil y en cambio llevamos un arsenal de herramientas que lo que provocan es frustración.
El paso necesario era hacer estas funciones sencillas, amables y accesibles sin pasos intermedios. El paso necesario era, sin duda, el iPhone. Según un estudio de M:Metrics, el 84.8% de los usuarios del terminal de Apple navegan desde el su iPhone frente al pobre 13.1% que lo hace desde su cacharro convencional o al escaso 58.1% que padece los navegadores de móviles como la BlackBerry y el resto de smartphones.
La distancia entre el móvil de Apple y el resto del mercado de telefonía es similar en el uso de buscadores o consumo de vídeo y se amplía si lo que buscamos es ente los melómanos. Siete de cada diez propietarios de iPhone escucha música con su chisme, un ratio descomunal comparado con el mínimo 27.9% de usuarios que disfrutan de sus canciones en otros terminales avanzados.
La clave por tanto no estaba en llenar el cacharro de servicios, sino en dedicar el esfuerzo a comprender al usuario y hacerle usable cada herramienta. Garantizar una experiencia de uso satisfactoria consolida la tecnología y disipa la frustración de tener cosas que no usamos. El iPhone no es el terminal con más servicios ni de lejos pero si es la plataforma que hace más hincapié en la mejor experiencia de cada una de ellos.

Uno de los aspectos que los diarios digitales todavía tienen que mejorar tiene que ver con su pasado. La potencia que supone el archivo para cualquier periódico sigue sin explotarse de forma realmente eficaz y en cambio es un valor superior a muchos otros en los que se hace un enorme esfuerzo.
Pero ¿Cómo se puede hacer interesante la navegación por la historia? ¿Cómo se le ofrece al internauta el acceso al pasado sin caer en algo tontorrón como un calendario? Resolver de forma emocionante, informativa y ágil la puerta que da paso al archivo no es en absoluto un reto fácil y la mayoría de las veces aquello se convierte en una ensalada de enlaces muy poco apetecible.
El ‘New York Times’ ha hecho su propia apuesta: TimesMachine, un repositorio con 70 años de su archivo (de 1851 a 1922) navegables por años, meses y días hasta sumar 11 millones de artículos en formato PDF. La experiencia es superior a la media, tampoco es como para tirar cohetes, pero permite ir viajando por el periódico e ir viendo como el tiempo ha dejado su huella en el diseño, los contenidos y el tono de uno de los periódicos más importantes de la historia.
¿Cual es la principal función del diseño? Si usted no ha contestado que simplificar y ordenar la presentación de los contenidos es que tiene un artista dentro. Y eso, sin lugar a dudas, es peligroso. A lo largo de la última década (larga) hemos ido ajustando una forma de traer en pantalla que no siempre ha sido satisfactoria y que empieza ya a destilar consecuencias evidentes: los usuarios no leen, escanean y, además, tienen poco tiempo. No podemos malgastar el rato que nos dedican con alardes visuales y, sobre todo, no es buena idea entretenerles pensando en cómo se tienen que mover por nuestro sitio: sean llanitos y convencionales o espantarán a sus propios clientes. Si andan embarcados en un rediseño, pasen por aquí y verán como lo importante es ser leves y concisos, lo demás sólo empuja al arte, mal anticipo de la melancolía.
Un blog, o en español también una bitácora, es un sitio web periódicamente actualizado que recopila cronológicamente textos o artículos de uno o varios autores, apareciendo primero el más reciente, donde el autor conserva siempre la libertad de dejar publicado lo que crea pertinente.
Recibe el nombre de web-log, blog o bitácora, cualquier sistema automatizado de edición y publicación personal en web que ordena por orden cronológico inverso las distintas entradas o post de su autor.
A blog (a portmanteau of web log) is a website where entries are written in chronological order and commonly displayed in reverse chronological order. “Blog” can also be used as a verb, meaning to maintain or add content to a blog.
Esas son tres definiciones más o menos estándar de lo que todos entendemos por ‘blog’ y, por más que las releo, no veo por ninguna parte límites gráficos ni imposiciones visuales. En cambio, al final, casi todas las bitácoras nos parecemos. Cualquier internauta puede, de un vistazo rápido, distinguir un ‘blog’ entre otro montón de sitios de Internet por su estructura gráfica. El nivel de innovación, estarán ustedes conmigo, es bastante escaso y la tendencia a la estandarización visual está creando un universo de blogs cada vez mejor desarrollados en el apartado técnico pero que asumen menos riesgos de aspecto y usabilidad.
‘Smashing Magazine’ presenta hoy un listado de 45 bitácoras de “diseño excelente” y, sin duda, todas son reseñables y espectaculares pero, de todas las seleccionadas, apenas si una decena plantea un nuevo diálogo con el internauta que sobresalga más allá del estándar habitual.
Seguimos (todos) empeñados en las columnas, las categorías y los calendarios, como si esa fórmula de paginación sirviese para todos y apenas si se van integrando innovaciones como las manidas nubes de etiquetas o los widgets…
Quizá la popularización de nuevos métodos de lectura tales como los agregadores de RSS y las diferentes piruetas de la sindicación han impuesto una cierta pereza que habría que empezar a sacudirse para seguir investigando formas de conversar con la audiencia que no sean tan obvias o repetidas.
Se admiten sugerencias, ¿cómo creen que debería evolucionar el diseño de las bitácoras en un universo de lectura y de lectores como el actual? ¿Pasamos a la usabilidad absoluta para privilegiar el buen uso en dispositivos móviles? ¿Buscamos nuevas formas de archivo para los lectores habituales? ¿Damos un nuevo aire a la participación de los internautas para integrarnos más en las redes sociales? ¿Cambiamos los usos de portada y de orden de publicación ajustando más carga editorial?
En plena efervescencia de las redes sociales, el éxito de MySpace es cada vez más fascinante. La comunidad de Tom es fea, su usabilidad es lamentable, el entorno gráfico es ruidoso y la navegación por el sitio es, cuanto menos, peculiar. Si a eso le sumamos una política de uso defensiva y un diseño caótico, el crecimiento explosivo de esta red queda enmarcado en esos milagros (muy bien gestionados) que ocurren en Internet y dejan un par de millonarios.
Pero si a usted le pasa como a mi y aborrece MySpace, quédese tranquilo, hay alternativas similares para su esparcimiento social. En Mashable (que son expertos haciendo listados y ránkings) le ofrecen este estupendo catálogo de diez redes en las que dar rienda suelta a sus aspiraciones grupales. De Flickr a Threadless pasando por la novísima Pownce o Trig.
Internet sigue siendo un medio bisoño: sus usuarios más avanzados apenas llevan un poco más de una década experimentando mientras que la masa crítica de ‘ciudadanos en Red’ no navega hace más de unos escasos añitos. Todavía nos queda mucho por ajustar en este medio lleno de facilidades para la comunicación, el trabajo y el ocio. Mientras que definimos un lenguaje propio para Internet también nos enfrentamos a nuevos retos relacionados con la gestión de nuestros datos. Pasarelas bancarias de pago, gestión de información personal, almacenamiento de rutinas de uso… todavía nos queda mucho por afinar antes de dar con un modelo que, si bien ya es seguro y estable, todavía no es óptimo.
Si ustedes han intentando buscar una vivienda en España, seguro que han pasado por Idealista, un portal inmobiliario que puede lucir el orgullo de haber instaurado un estándar en el mercado: su usabilidad y exposición de resultados es la fuente de inspiración del resto de las empresas que se mueven en el sector de los clasificados del ladrillo.
El CEO de la empresa, Jesús Encinar, escribe hoy en su ‘blog‘ un artículo que no deben perderse si quieren buscar explicación a esa frase tan frustrante que aparece en muchas de las reseñas de la página: “este anuncio no muestra la dirección exacta por deseo explícito del anunciante”.
Para Encinar a la hora de montar el web fue de vital importancia crear un ambiente de confianza con las agencias inmobiliarias tanto como mantener una base de datos limpia de anuncios falsos o duplicados, así que decidieron exigir la dirección exacta de cada propiedad para evitar fraudes. Pero este requisito levantó los recelos del sector, temeroso de la competencia y de ‘perder’ una venta por dar ‘demasiada información’ en los anuncios. El empeño por mantener esa vigilancia sobre la privacidad de la información no es igual entre todos los buscadores inmobiliarios, algunos no alcanzan ese estándar de calidad y pueden acabar con el equilibrio de lealtad entre clientes y proveedores. Frente a un universo en el que impera la “libertad total” de la información, Encinar demuestra que, en algunos casos, saber ocultar datos es una forma de garantizar la confianza en el mercado.

El futuro de los buscadores. Cada vez que charlo sobre ello con los expertos en el tema –la última vez, la semana pasada en OJOBuscador- tengo más claro que los avances recientes se dirigen más a satisfacer las necesidades de los anunciantes que del consumidor. Habría que prestar más atención al usuario.
Hartos ya de esperar a la web semántica, aparecen soluciones intermedias que no suponen una verdadera revolución en este campo. Seguimos con el mismo modelo: a una pregunta formulada en indio de western le responde un listado de páginas más o menos relevantes. Y, dado que la tarea de clasificación de la inmensa cantidad de contenidos parece demasiado para los buscadores existentes, empieza circular la idea de que lo mejor es volcar ese trabajo del lado de los internautas, con buscadores sociales que aprovechan la ‘sabiduría de las masas’. El prometido buscador de Wikia y un proyecto reciente llamado Freebase apuntan en ese sentido. ¿El fracaso de los los profesionales o simple cambio de modelo?
En lo fundamental, las novedades que augura el sector para los próximos años suenan a viejo. Personalización, localización, uso de información privada, búsquedas reales en imágenes, vídeos… Líneas para la evolución mencionadas por casi todos los expertos, incluido Matt Cutts, uno de los ingenieros más destacados de Google.
Pese a este aparente estancamiento, seguiremos utilizando buscadores, no se trata de apoyar soluciones drásticas como la de Say No To Search Engines. Pero no está de más imaginar una herramienta de búsqueda que da respuestas reales, que use una inteligencia artificial capaz de sacar conclusiones lógicas, de elaborar respuestas propias, elaboradas, no basadas únicamente en una colección de enlaces. Un buscador transparente que nos explique su proceso de razonamiento, que pregunte cuando necesite más datos, que nos conozca, comprenda e incluso se adelante a nuestras necesidades. ¿Estoy pidiendo un HAL 9.000?
En los años noventa, cuando Internet pasó de ser residual a ser minoritario hubo que buscar un modelo con el que monetizar un nuevo medio que se prometía masivo. Así aparecieron los ‘banners’, unas pastillas de colores que parpadeaban en la zona superior de las páginas y que destacaban por chillonas (y por muy poco más). La idea se agotó en breve y se confirmó demasiado pronto que nadie les prestaba atención. Entonces los publicitas se pusieron ocurrentes y llenaron los sites de anuncios animados que te asaltaban en mitad de la lectura con inopinadas músicas o verdaderos asaltos comerciales muy poco eficaces ya que provocaban bastante más rechazo que interés por las marcas anunciadas.
Los publicistas y comerciales tenían (tienen) prisa por ganar dinero: saben que la población de internautas crece pero no tiene demasiado claro como atraparla y entonces les ofrecen mucha publicidad al primer golpe de vista. Y así estamos desde hace años: Las estadísticas de audiencia de los medios digitales son mucho más fiables que las de cualquier medio convencional, pero nadie se las acaba de creer del todo. ¿Millones de usuarios? ¿Decenas de millones de páginas vistas? ¿de qué vale toda esa exactitud cuando todavía andamos buscando la forma de mimar a nuestras audiencias? Mucho de este tráfico proviene de buscadores, o de enlaces así que la cabecera del medio (y de golpe mucha de su publicidad) deja de tener demasiado valor para el internauta que picotea lo que busca y sigue su camino.
Quizá para lo que se nos viene encima ahora (accesos desde dispositivos portátiles, media centers, sindicación masiva…) lo importante no va a ser la cantidad de tráfico sino la calidad de las sesiones: hace unos días se conoció que MySpace había superado a YouTube en número de páginas vistas pero… ¿es esto suficiente?
No debe de serlo cuando ComScore y Nielsen, dos de las mayores compañías dedicadas a la medición de audiencias, están buscando un nuevo modelo de “contar” Internet menos basado en el número y más sustentado en el tiempo de visita. Las empresas de contenidos tienen ante si una decisión que tomar: apostar por seguir sumando miles de internautas a los que maltratar con anuncios aberrantes o consolidar sus audiencias y buscar nuevas formas de vender productos que no alienen la navegación.
Velocidad, capacidad de reacción y actualización constante, estos son algunos de los pilares sobre los que se construyen los medios digitales de información que han logrado así ser cada vez más rápidos y, sobre todo, cada vez más dinámicos. Un medio “˜online”™ hace decenas de noticias al día y varía la composición de su portada otras tantas. En medio de esta sensación constante de urgencia, muchas noticias se aúpan hasta la zona más alta de la página para caer a las portadas interiores en apenas unos minutos. El criterio periodístico en este tipo de webs conjuga el peso editorial con la vocación de informar “˜en tiempo real”™ de lo que está ocurriendo.
A este ritmo, no es fácil saber cual es la vida real de una noticia, cual es el tiempo durante el cual un contenido sigue vivo para los internautas antes de que se desplome su número de visitas. Los periodistas suelen (solemos) pensar que ese lapso de tiempo es brevísimo y depende del tiempo que dure la dirección en portada. Pues nos equivocamos.
Según el estudio “˜The Dynamics of Information Access on the Web“™ las noticias se vuelven “˜viejas”™ no de inmediato sino pasadas 36 horas”¦ ¡Un día y medio! El profesor Albert-László Barabási de la Universidad de Notre Dame es el padre de estas conclusiones que alargan la longevidad de los contenidos mucho más allá de las dos o cuatro horas que muchos editores darían por buenas. Así, el estudio asegura que los internautas no leen noticias de manera lineal a lo largo del día, sino que navegan a explosiones (con periodos de fuerte inactividad y momentos puntuales de muchos ‘clicks’).
Así, con estas pautas de uso de la Red, los internautas acaban encontrando lo que les interesa sin prestar demasiada atención a las prisas que llevan (llevamos) los periodistas y así, dice Barabási, los periodistas encuentran un nuevo motivo para la esperanza en la era de las noticias instantáneas.