Si tienen pensado cambiar de trabajo en este año que comienza y se quieren quedar en el sector de Internet, sin duda hay dos perfiles que van a cotizar al alza. Sin duda los expertos en métricas y analítica web van a convertirse en las nuevas estrellas (si no lo son ya).
El otro compañero de trabajo que va a progresar más que usted va a ser el responsable de ‘Social Media’. En 2008 todavía algunas empresas no daban demasiada importancia a la conversación en Internet, pero sin duda cada vez son menos las compañías que se mantienen de espaldas a la Red. Ahí todavía queda mucho por hacer: localizar las charlas relevantes, discriminar el ruido, identificar las fuentes valiosas y aprender no sólo a encontrar, sino sobre todo a valorar lo que se dice de nosotros ahí fuera.
Hasta hace unos años esto era sencillo en el mundo offline: hay agencias que cobran por enviar unos estupendos clippings (resúmenes de prensa) con el impacto de nuestra marca y casi casi el valor monetario de cada aparición. En Internet todo es distinto y, lo mejor, es que las herramientas son, en su mayoría, gratuitas. Miren por ejemplo WhosTalkin, un buscador que acaba de salir de beta y que se dedica a trillar blogs, redes, servicios de vídeo, fotos, etiquetas y noticias para que en poco más de un golpe de pantalla pueda usted saber todo lo que se dice sobre una persona, su empresa o la competencia.
Ahora queda por decidir qué conversaciones son relevantes y quiénes se dedican sólo a gritar.
La verdad es que yo sólo veo a un abnegado luchador por el planeta que a la vez es una estrella del rock e incluso un estupendo padre de familia hablando con unas jóvenes activistas sobre cuales son las mejores formas de acabar con el calentamiento global mientras que se refrescan con unas bebidas isotónicas.
Otra cosa es que usted vea a Bono rodeado por dos adolescentes medio desnudas tomando copas en el yate de The Edge.
Esto es lo malo de Internet, claro. Unas sencillas fotos familiares acaban publicadas en FaceBook y tienes un escándalo montado en casa por un error de punto de vista. Cosas del metaverso y la fama.
Y además les parece bien. Esto es fantástico. Dice un informe de Awareness que cerca del 70% de las empresas permite el uso de servicios sociales a sus trabajadores. Así que, señores, mientras leen esto, vayan revisando su perfil que no pasa nada.
La evolución además corre a su favor: el pasado año 2007 sólo un 37% de los jefes toleraba esto del ‘Social Media’ y ahora son más los empresarios sensibles a las actividades sociales de sus empleados.
Si bien la patronal es consciente de que este tipo de usos implica una (vaya sorpresa) pérdida de productividad y que además puede comprometer a la seguridad de la compañía, también son sensibles a los beneficios inherentes a las plataformas sociales. Vamos, que eso que usted hace en Internet de cotillear fotos, ver vídeos y etiquetar a su cuñado, también es bueno para su trabajo ya que mejora la comunicación entre compañeros y ayuda a promocionar y mejorar la imagen de su empresa.
Cuando el de Personal husmee detrás de su pantalla, recuérdele que lo hace por trabajo.
Usted, que es un tipo corriente y moliente, usa las redes sociales para compartir fotos, espiar a su ex y etiquetar a los colegas de la facultad en esas fotos ochenteras. Lo normal, un coñazo.
Pero si usted fuese agente de la CIA, ay amigo si usted fuese agente de la CIA, su vida sería mucho más emocionante y podría entrar en ‘A-Space’, la red social para espías. No se ría todavía, es en serio.
Las 16 agencias de inteligencia de los Estados Unidos (la CIA, el FBI, la NSA…) comparten así una red social privada con lo mejorcito de FaceBook y de YouTube para avanzar con paso firme en su lucha contra el terrorismo global.
Seguro que hay foros de debate interesantísimos sobre Oriente Medio, movimientos de tropas en Asia, pero no me digan que no esperan de una red como esta un grupo de ‘Amantes del Martini batido, no agitado’.
¿Darán invitaciones o se quedarán en beta privada?
Ustedes dirán que le tenemos tirria al invento, y no les falta razón. Pero que quieren que les diga, lo de Second Life es ya una evidencia cristalina y burbujeante de frenazo doloroso.
No se fíen de mi, que no soy más que un maniático, háganle caso a los directores de campaña de los dos candidatos a ocupar la Casa Blanca que están aflojando dinerales sorprendentes en sus respectivas campañas y que, vaya sorpresa, no han mirado ni por asomo hacia SL.
Y ahora hagan memoria, hasta hace no mucho era impensable enfocar un plan de campaña ‘online’ y no pagar por tener un monigote en Second Life. Recuerden que hasta Llamazares dio aquel delirante mitin de dudoso éxito que todos los medios recogieron como un hito.
Pero la realidad ha cambiado: Second Life no interesa ya ni como fenómeno mediático y se confirma que nunca fue una plataforma social. No tiene ni masa crítica ni influencia. Tampoco es grave, era previsible.
En cambio tanto los demócratas como los republicanos están demostrando que el metaverso no es un espacio acotado, sino una suma de aplicaciones que ayudan a modelar la identidad digital de sus candidatos en diferentes espectros de conversación.
La versión más optimista pasa por pensar que SL acabará por llenarse de gente, probablemente no será así. La sociedad de la información en la era de Internet no pasa por la constitución de ciudades-reino aisladas sino de entornos de relación más democrática. Second Life apuesta por el reino acotado cuando la realidad puja por los exploradores digitales.
La pasada campaña electoral española no fue la primera campaña digital. El reto entre Obama y McCain lleva un camino mucho más honesto en Internet, la primera baja ha sido la espuma mediática: Second Life se queda en la orilla y los equipos de trabajo de los candidatos buscan a la comunidad no en un soporte sino en un entorno.
La reputación, la fama, los enlaces entrantes, todos esos alimentos de la vanidad. En esta construcción permanente del yo a la Red, en esta constante redefinición de la identidad en el metaverso hay algo importantísimo: medírsela con el resto a ver quién la tiene más relevante. La celebridad, claro.
Pues queridos lectores, traguen saliva y pasen por aquí. Wired acaba de sacar su medidor de fama para que pueda usted no sólo puntuarse sino compararse con el resto de sus amigos bloggers.
Por ahora los factores en consideración para hacer el ránking y sacar las puntuaciones son pocos, su blog, el dichoso twitter y myspace. Seguro que irá afinándose con nuevos sabores como los amigos en redes sociales, las foticos en flickr y todos esos sabores del yo digital.
Por ahora ya da sorpresas. Comparen, comparen.
¿Verdad que el título parece una obviedad? Pues no se crean, todavía hay quien desembarca en la Red pensando que puede ir tomando el pelo con apenas dos capas de barniz ‘dospuntocerista’.
Si ustedes miran los planes de medios de casi cualquier empresa con tinte moderno verá que la última moda es lanzarse en plancha a las redes sociales. ¿Una buena idea? Casi seguro que si, pero queda una incógnita por despejar: ¿Como se hace bien?
Según un informe de JupiterResearch resulta que la mayor parte de las marcas abren espacios en la Red pero no tienen muy claro que hacer con ellos y así la mayoría acaba fracasando no sólo en términos de audiencia sino, sobre todo, en mediciones de comunidad.
Resulta, he aquí el sorpresón, que aquellos que funcionan son los que se plantean grandes vías de interacción entre sus contenidos y los internautas. ¿No me dirán que no es revolucionario eh? Si señores, no valía con el escaparate, lo importante es participar.
Tanto usted como yo usamos redes sociales y vamos dejando un rastro de nuestra personalidad que va configurando nuestro ‘yo digital’ en Internet. En este paseo por diferentes plataformas vamos siendo persona, personaje, trabajador y animal social. En principio eso es lo que “somos” y es nuestra personalidad. Pero ¿todo nuestro rastro es nuestro?
Usted podría responder que “claro que si” con mucha facilidad, pero no se crea, hay alguna empresa que considera que la parte profesional de su ‘yo digital’ es de uso compartido y puede disponer de sus datos con libertad. Eso le ha pasado a un ex empleado de la firma Hays que ha dado con sus huesos ante un juez acusado de usar su perfil en LinkedIn para “robar” clientes.
La empresa le reclama acceso a su cuenta y denuncia que ha hecho uso de información preferente para armar su actual puesto de trabajo para una firma rival. Independientemente de la decisión que adopte el Tribunal de Justicia, el camino abierto por la denuncia compromete la privacidad de los usuarios. Ahora es una empresa la que reclama la entrada en la esfera privada de un usuario argumentando un vínculo laboral.
¿Imaginan que su ex pareja haga lo mismo con las fotos de las vacaciones?
Pasar a la posteridad como un lunático estridente que da brincos sincopados sobre el sofá de un plató de televisión no es una alternativa digna para una estrella de HollyWood que carga además con el mochuelo de ser un peligroso santurrón de una Iglesia extravagante. Efectivamente hablamos de Tom Cruise, ese hombre con tendencia al espectáculo fuera de los rodajes.
Si antes la posteridad era esa misteriosa esencia reservada a los mejores, ahora la posteridad es Google y todo lo que escupe sobre cualquier mindundi. Y esta nueva jerarquización de la fama castiga sobre todo a los extravagantes. Así, Cruise aparece reflejado en los resultados del buscador como un poliedro extraño y casi desagradable totalmente fuera de su control.
Efectivamente, el poderoso actor no tiene bajo su mano su ‘yo digital’ y traslada a la Red una imagen muy poco favorecedora y totalmente estridente. Pero parece que se ha puesto manos a la obra (o su equipo de marketing, vete a saber) y ha decidido recuperar su nombre.
¿Cómo? Abriendo una página web nueva y, sobre todo, comprando el primer resultado de Google cuando alguien busca por ‘Tom Cruise’. Si señores, el actor se ha gastado unos dólares en AdWords para ir dirigiendo el tráfico de los curiosos hacia su nuevo sitio cuyo lanzamiento se espera para hoy mismo.
Pagar por salir el primero es un poco como admitir una derrota y ponerse una tirita en el orgullo aflojando unos billetes. Pero sólo funciona como primer paso: el reto es posterior. Cuando acabe la campaña a Cruise le toca generar el suficiente caudal en su nuevo web como para recuperar su nombre para la posteridad. Lo de dejar de ser un lunático estridente es otro tipo de decisión, claro.
Ustedes me disculparán, pero soy un tipo con suerte. Me llamo Ícaro y eso hace que ser yo mismo sea bastante fácil. Hay muy poca gente que pueda ser como yo, la verdad. Y no me refiero a nada en especial, como entenderán, hablo de Google. Si yo me llamase Pedro Pérez ser yo mismo sería mucho más complicado. Hay muchísimos Pedros Pérez y eso, entiéndame, es un incordio y además les diluye a todos ellos un poco entre la multitud de personas idénticas a ojos del buscador.
Es la condena de todos aquellos que tienen un nombre corriente: su control de identidad en Internet es siempre deficitario. Algo así le debía de pasar a Jim Killeen, que se buscó en Google y se encontró con un montón de gente que era él.
¿Y que ha hecho este Jim? Filmar un documental ‘Google me’, localizando a todos aquellos que son él mismo, que se llaman igual que él. La película, que se presentará en unos días, recorre la vida de sus homónimos conjugando así una especie de supra identidad digital formada por todos aquellos que Google considera que son Jim Killeen.