Tanto usted como yo usamos redes sociales y vamos dejando un rastro de nuestra personalidad que va configurando nuestro ‘yo digital’ en Internet. En este paseo por diferentes plataformas vamos siendo persona, personaje, trabajador y animal social. En principio eso es lo que “somos” y es nuestra personalidad. Pero ¿todo nuestro rastro es nuestro?
Usted podría responder que “claro que si” con mucha facilidad, pero no se crea, hay alguna empresa que considera que la parte profesional de su ‘yo digital’ es de uso compartido y puede disponer de sus datos con libertad. Eso le ha pasado a un ex empleado de la firma Hays que ha dado con sus huesos ante un juez acusado de usar su perfil en LinkedIn para “robar” clientes.
La empresa le reclama acceso a su cuenta y denuncia que ha hecho uso de información preferente para armar su actual puesto de trabajo para una firma rival. Independientemente de la decisión que adopte el Tribunal de Justicia, el camino abierto por la denuncia compromete la privacidad de los usuarios. Ahora es una empresa la que reclama la entrada en la esfera privada de un usuario argumentando un vínculo laboral.
¿Imaginan que su ex pareja haga lo mismo con las fotos de las vacaciones?
Correos electrónicos, mensajes en redes sociales, sistemas de mensajería instantánea, sms, comentarios en comunidades. Si se fijan ustedes, en Internet nos pasamos el día escribiendo mucho más que hablando. La Red se ha convertido en un escenario de lectura y escritura como canal principal de comunicación entre personas que va de lo más breve y escueto a los blogs (por ejemplo) más elaborados y preciosistas.
Los más mayores, los que tuvieron antes de la Red otras formas principales de consumo, tuvieron que coger de nuevo la costumbre de escribir (más allá de postales y facturas, claro), pero en cambio la generación más joven ya ha desembarcado en Internet pegado al teclado y a estas formas de escritura.
Pero, pásmense, resulta que para este enorme grupo de usuarios lo que hacen delante del teclado para estar en contacto con los suyos no es “escribir”. El 60% de los adolescentes norteamericanos (según recoge un informe de ‘Pew Internet & American Life Project’) juzga que el texto electrónico no es una forma de escritura.
Eso si, nueve de cada diez le da a la tecla fuera del colegio, pero para ellos es otra cosa diferente y son conscientes en su enorme mayoría de que es importante para sus carreras tener dotes a la hora de juntar letras. Como no podía ser de otra manera la inercia les lleva a incluir “formas informales de escritura” en su día a día estudiantil (emoticonos y demás ‘basura lingüistica’).
Ustedes lo saben, aquí no somos muy fans ni de twitter ni de muchas de las cosas que ‘pasan’ en eBay así que entenderán que no podamos dejar de comentar este detallito sociológico.
Andrew Baron, fundador de RocketBoom, ha tomado una decisión cuanto menos bizarra: ha puesto a subasta en eBay su cuenta de Twitter y “todos sus seguidores”. La puja ya supera los 1.000 dólares.
El gesto en si es totalmente rompedor: Baron está vendiendo una porción de su identidad y, sobre todo, está sacando provecho financiero de su base de datos de contactos de confianza, aquellos que siguen su día a día.
Por ahora más de 30 personas se han mostrado interesadas en comprar este jirón de la personalidad digital de Baron. ¿Compraría usted un trozo de alguien?
Qué tiempos aquellos en los que entrar en una sala de chat era como hacerlo en los probadores del gimnasio. Todo hombres, todos hablando a la vez… Ahora, a la mínima que te descuides, tropiezas con un montón de mujeres. Si señores (perdón, señoras), Internet se ha llenado de chicas y eso de que la tecnología es masculina ha quedado relegado al olvido.
Según un reciente estudio de Pew Internet Project, son ellas, las más jóvenes, las que están tomando la delantera en la Red. Navegan más y, sobre todo, usan las herramientas mucho mejor que ellos. Casi un 35% de las adolescentes tiene un blog frente a poco más de un 20% de los jovenzuelos. Pero hay más aún: mientras que más de un tercio las muchachas tienen su propia página web, apenas si dos de cada diez de ellos se han lanzado a esta aventura digital.
En el metaverso más corriente, las redes sociales, el escalón de entusiasmo y uso es aún mayor: un 70% de las chicas entre 15 y 17 años tiene perfil en las comunidades más en boga dejando claramente atrás a sus contrarios: sólo un 57% de los jóvenes varones en la misma edad navega por plataformas sociales.
Las estadísticas no se circunscriben sólo a Estados Unidos y estas pautas de feminización son similares, por ejemplo, en el Reino Unido. Algunos expertos (critiquen a sus anchas) consideran que esta irrupción masiva de jóvenes mujeres se debe a su tendencia natural a comunicarse entre ellas frente al uso masculino más volcado, por ejemplo, a los videojuegos.
Sea cual sea la causa (ahorro de teléfono gracias a la mensajería y los sistemas internos de correo), la conclusión es poderosa: la brecha entre sexos no se ha trasladado a la Red, un entorno de relación en el que ellas llevan la delantera.
¿Se acuerdan del mito ese de que todos los que se pasan el día conectados son gente rara, inadaptada y sospechosa? Bueno, pues vayan actualizándose. Resulta que la verdad es otra: los bloggers son gente más equilibrada y aquellos que, además, son usuarios activos de redes sociales, resultan menos ansiosos y depresivos.
Dice la Universidad de Swinburne que aquellos individuos que no comparten con su entorno digital están menos satisfechos de sus amistades y se sienten menos integrados socialmente. Los “no conectados” no tienen la impresión de formar parte de una comunidad y, pásmense, son menos dados a expresarse y compartir sus emociones.
El mercado de la telefonía móvil no para, el año pasado de nuevo se volvieron a superar las cifras de venta alcanzando ya una población difícil de superar a lo largo de 2008. Todo el mundo lleva un móvil así que la expectativa para los próximos meses es de un crecimiento más moderado (y aún así superará el 10%) consolidando así un universo ya maduro de usuarios.
Pero ahora ha llegado el momento de redoblar la apuesta y saciar el apetito de los consumidores con mejores servicios que superen la mera telefonía. Una pantalla en el bolsillo es el elemento más goloso de la sociedad conectada y, por ahora, la oferta es objetivamente mejorable.
El reto es evidente: los terminales tienden a privilegiar otras formas de uso (el iPhone es la mejor prueba con su catálogo de herramientas) y los consumidores reclaman mejores formas de interacción (redes sociales, comunicaciones, servicios de información). Si depende de las operadoras, nos va a tocar esperar, me temo.
Creamos nuestra yo en Red, intentamos ser relevantes, completamos perfiles con datos personales, subimos fotos, conversamos y compartimos parte de nuestra privacidad para alcanzar un nivel óptimo de identidad que nos permita mantener relaciones personales en Internet. Pero ¿cuando entramos en zona de peligro? ¿cuando toda esa información nos convierte en un blanco desprotegido?
El Ejército canadiense parece tenerlo más o menos claro y ha pedido a sus soldados que no aporten información personal en redes sociales como FaceBook ante el temor, la amenaza, de que sea utilizada por sus enemigos. Según un informe interno, Al Qaeda podría estar monitorizando este tipo de servicios buscando destilar datos que ayuden a sus acciones terroristas.
Canadá tiene ahora mismo unos 2.500 soldados destacados en Afganistán, pero la amenaza se extiende más allá. El perfil de un soldado en Afganistán no sólo le convierte a él en objetivo de un ataque, sino que pone en la diana a toda su familia, sus amigos y el conjunto de su entorno social.
Los nuevos usos de Internet nos convierten en animales conectados y expuestos. El nivel de peligro de este relativo descontrol de nuestros datos personales todavía está por definir, pero empieza a enseñar aristas inquietantes.
Nuestra información privada deja de serlo cuando picoteamos en la red desperdigando jirones sensibles por foros, redes sociales y comunidades virtuales sin tener nunca demasiado clara cual es la gestión que se hace de estos contenidos.
En un universo pesimista el futuro pinta negro. ¿Imagina que puede hacer una aseguradora con los datos personales de los miembros de una red social? ¿De verdad cree que alguien va a cubrir sus gastos médicos si se entera de su historial médico? ¿Es usted rentable para una empresa de seguros si esta compañía sabe de sus sufrimientos y dolencias tanto como sus mejores amigos?
Las posibilidades del metaverso son descomunales, pero los límites de nuestra intimidad han de ser inviolables.
Barack Obama parece haber tomado una delantera clara sobre Hillary Clinton en la campaña demócrata tras las votaciones en las primarias del Potomac (Virginia, Maryland y Columbia) en las que ha arrasado entre todos los grupos demográficos (mujeres, negros y, sobre todo, hispanos).
Esta oleada de entusiasmo favorable al senador de Illinois se ha ido fraguando en gran parte gracias al excelente uso de las nuevas tecnologías que está haciendo su equipo de campaña. Desde detalles menores, como los politonos con extractos de discursos del candidato (no se pierdan el del sistema público de salud), hasta una campaña masiva de movilización del voto hispano.
Quizá esta acción ha sido la que ha dado la vuelta a la tendencia habitual hasta ese momento. Tradicionalmente la comunidad hispana ha respaldado a Hillary y, esta semana por primera vez, dieron su apoyo a Obama. ¿La explicación? El equipo de voluntarios del candidato realizó sólo en Virginia 5.000 llamadas en español a la comunidad hispana pidiendo su voto para Obama. El resultado fue espectacular: 54% de los votos hispanos fueron para el senador de Illinois invirtiendo la norma hasta el momento.
Así, el equipo de Obama ha demostrado que la ilusión se fomenta desde nuevos soportes de comunicación tan evidentes como un banco de números de teléfonos o tan sutiles como un tono para móviles en el que suenan los mejores momentos de un mitin. Así que no se sorprendan si mañana el bar oyen un móvil en el que suena la voz de Arias Cañete pidiendo “camareros como los de antes”. En nuestra propia campaña política en Internet, más que innovar, copiamos.
Uno de los retos principales a los que se enfrenta Internet es convertirse del todo en un entorno fiable: un lugar en el que comportarnos sin temor a intromisiones de terceros y que logre así que nuestras relaciones en la Red tengan una calidad óptima.
Por ahora este logro sigue pendiente: la gestión de nuestros datos sigue sin estar controlada como debería. En muchos casos la imprudencia es de los usuarios (muy generosos a la hora de rellenar formularios) y en otras ocasiones son las propias compañías las que no tienen muy claro cual es el nivel de privacidad que tendrían que garantizar.
El asunto es cada vez más relevante y tiene aristas que hacen de la gestión de la seguridad personal algo imprescindible. Una educación incorrecta (por parte de sus mayores) puede llevar a un menor de edad a cometer errores desagradables en la Red que harán de su experiencia ‘online’ algo traumático.
El perfil de un depredador de menores se ajusta al de un tipo que se aprovecha de estas fisuras del sistema de datos personales para acceder hasta la pantalla de un chaval. Pero no es tan evidente como parece: lo más fácil es pensar en alguien que rastrea por MySpace, pero la realidad es que esta calaña busca a sus presas en lugares de control menos riguroso: las salas de chat y la mensajería instantánea son los caladeros de esta estirpe de delincuentes.
Según un estudio de la revista ‘Pediatrics’ el 15% de los menores que navegan tuvieron algún incidente de este tipo durante el pasado año y, en contra de la sensación más generalizada, las redes sociales se descubrieron como el espacio más seguro para mantenerse al margen de delincuentes sexuales. Aún así, todavía queda mucho por avanzar.