La eterna batalla entre Microsoft y Apple termina por perder toda lógica. Viene a ser como una diferencia entre religiones, en la que cada cual decide hacerse feligrez de la que más le apetece, o se asoma a la puerta de la iglesia más cercana. Hay prédica para todos: hay gente que nunca comprará un Mac, y hay otros tantos sectarios que siente arcadas al ver el botón Inicio.
Ahora bien, si hay que comparar ambas empresas como pioneras en el mercado tecnológico, la forma de vender el producto varía muchísimo de una a otra. Ahí tienen a Apple, con sus anuncios creados por ordenador: pon 4 sombras, una banda sonora que de el pego y a tirar. El otro ejemplo es más sencillo aún: un pringao y un moderno con un guión decente sobre un fondo blanco. Sencillo, pero llega, tanto que ahora Justin Long es un actor de renombre y reconocido por la chavalería.
Vayamos al otro extremo. Microsoft se va a gastar 300 millones de dólares en su campaña de otoño en Estados Unidos. De tremendo pastizal, 10 millones irán a parar a los bolsillos de Jerry Seinfield, que será el protagonista de los anuncios. ¿Recuerdan a Seinfield? El estadounidense medio, mayor de 25 años, seguro que sí. Fuera de territorio yanqui será una campaña difícil e incluso imposible de adaptar.
Pero lo primordial de la empresa de la manzana, es algo que siempre se recalca cuando se habla de marketing: los mayores promotores de sus productos son los propios compradores. Parece que los usuarios de Windows no tienen el perfil evangelizador necesario, quizás porque ni siquiera han pagado por comprar el sistema operativo.