Cuando empezó la carrera por la nueva generación de consolas, Nintendo se echó a un lado y renunció a la potencia de sus rivales. La empresa de las setas de la risa no entró a competir con Sony tampoco en el espectro de las máquinas de mano y presentó su primera DS sin el alarde de servicios que ofrecía la PSP.
Sobre el papel, la Wii y la DS Lite son dos máquinas menores, sin recursos gráficos, sin herramientas para disfrutar de música o contenidos de vídeo y sin procesadores de vértigo. Pero en ventas Nintendo arrasa: según los datos de resumen de 2006 de Nikkei, los de Mario son dueños absolutos del mercado japonés.
Gracias a la DS han copado ocho de los diez puestos en el ranking de programas de ocio más vendidos y han distribuido el doble de juegos que el año anterior. Espoleados por los juegos de entrenamiento cerebral y el incombustible Pokemon, Nintendo empieza el 2007 como líder indiscutible en Japón.
No son los más potentes, pero han demostrado que para vencer hay que invertir más en innovación y menos en teraflops: cuando Nintendo llegó al mercado con su primera DS y aquellos simpáticos perritos ya avisó: el horizonte tradicional de los videojuegos no puede crecer más, hay que buscar nuevos jugadores en nuevos espectros sociales. Mientras que Sony y Microsoft siguieron compitiendo por repartirse a los hardcoregamers, Nintendo se fue a buscar al resto de la familia y, vistas estas cifras de ventas, lo ha conseguido de largo.
No pueden competir en combos de botones, pero si han inaugurado con sus dos consolas una nueva era de ocio digital en la que la jugabilidad y el aspecto social recuperan la primera línea y abren un nuevo mercado para los videojuegos: el de la mayoría demográfica.
¿Ingredientes para hacerse con la porción más grande del mercado? Un precio menor que sus competidores, un catálogo de títulos de marcado carácter social y finalmente una jugabilidad innovadora por sencilla.