Usted y yo ya sabemos que la fama reporta compañías efímeras, que los focos son una trampa para la amistad. Nada como la gloria repentina para reunir a nuestro alrededor una corte de aduladores que se acercan al calorcito del cava y los canapés.
Algo así debe de estar pensando ahora la pobre Doris Lessing que, a sus 87 años, ve como le crece una recua de seguidores surgida, repentina, tras los fastos de su recientísimo precio Nobel.
Doris tenía su perfil en MySpace, tranquilo y acogedor, con un grupito de amigos fieles y, desde la semana pasada, aquello se ha convertido en una fiesta: en los últimos días le han aparecido un centenar largo de nuevos contactos todos llegados tras su galardón.
No es la propia Lessing la que mantiene su presencia web sino un aguerrido fan que lleva una década ocupándose de los asuntos de la escritora en Internet y que ahora asiste divertido a la explosión demográfica surgida en la red social en torno a la escritora.