Ya saben ustedes, estos señores de la industria de la música andan muy entretenidos buscando un formato al que agarrarse. Agotado el CD, hay caminos absurdos como el de las tarjetas de memoria que, obviamente, no van a funcionar y, sobre todo, muchos nervios.
Y a la espera de una vía de negocio que compense la ruina de vender plástico en vez de hacer mercado alrededor de la música y los artistas, las discográficas no tienen muy claro quien debe de pagar la fiesta.
Sin duda uno de los caminos más interesantes es el hermanamiento con el verdadero coloso del mundo del ocio: el segmento de los videojuegos. Tras éxitos contrastados (como la cancioncita que sonaba en el anuncio de Gears of War que devolvió a Tears for Fears a las listas de éxitos o las emisoras integradas en GTA y su estrecho vínculo con Amazon), el siguiente paso ha sido una victoria rotunda: Guitar Hero o Rock Band son la prueba evidente de que el negocio de la música está en un momento estupendo.
La pregunta que queda todavía en el aire es quien merece la tajada más grande. ¿Las discográficas por compartir el catálogo o las desarrolladoras de videojuegos por devolver el oropel a bandas como Aerosmith?
Los artistas lo ven claro (sus ventas tras aparecer en un juego se multiplican) y apuestan cada vez más por estrenar nuevos temas en títulos de esta índole y el futuro parece despejado gracias a la integración de las consolas con Internet que permitirán un flujo constante de novedades.
Pero no se confíen, cuando un acuerdo funciona siempre hay alguien dispuesto a estropearlo. Por un lado algunos ejecutivos del lado musical quieren embolsarse más dinero por esta nueva vía de explotación y, mientras tanto, los responsables de los botones están convencidos de que ustedes los jugadores no compran los títulos por las canciones sino por lo molón que es aporrear una batería de plástico. Ya verán como esta disputa nos reserva todavía algún acorde fuera de tono.