Hasta hace un años la música se tocaba, se disfrutaba del polvo acumulado en los lomos de los discos y se paladeaba cada página de los libretos. La música era un objeto tangible que se disfrutaba también con los dedos que posaban la aguja sobre el vinilo con mimo.
Con la llegada de las cintas de casette mucho de este ritual se evaporó y no volvió hasta que se extendió el CD. Este formato nos regaló enormes cajas: cada nuevo disco de Jane´s Addiction, por ejemplo, era un alarde de diseño, ingenio y arte gracias a sus pequeños libros de letras. De aquella época (y de esta, todavía) también recuerdo los discos de Pearl Jam que junto con la música vendía una experiencia pequeñita pero sabrosa con esos libretos de estrofas escritas a mano y esa selección de fotos que marcaron un estilo para mucha gente de mi generación. Casi todos los CDs que recuerdo con gusto han sido manoseados, releídos y prestados a decenas de amigos.
Luego llegó Internet, las descargas, los servicios de P2P, y las tiendas ‘online’ de venta legal. La música pasó a ser sólo sonido y alguna carátula de calidad sospechosa. La industria de la música se volvió más huraña con los soportes físicos y dejó de mimarlos: triunfó el formato digital y los CDs empezaron su declive.
Pero entre los melómanos seguía latente el fetiche, la necesidad de poseer algo que tocar, de un objeto físico al que confiar emociones que no se pueden dejar en manos de un disco duro.
Y la reacción ha sido sorprendente: en el Reino Unido se vendieron en el 2001 apenas 178.831 singles en vinilo. El año pasado se distribuyeron 1.87 millones de copias y este año esa cifra se podría doblar. Aquel viejo disco de 45 revoluciones vive una segunda época dorada. Decenas de grupos se presentan ahora ante su audiencia sólo en dos formatos: las descargas en la Red y el vinilo que se ha convertido en una especie de nuevo objeto de culto para sus seguidores. Todo aquel alma que perdió el CD lo ha recuperado un formato para el que muchos no tenemos lector.
Quizá lo de menos es poner ese vinilo de siete pulgadas a sonar, quizá lo que importa es volver a tocar la música que ahora escupen los altavoces del ordenador.
Desde luego, con la llegada de las cintas, primero, y del CD, después, se perdió mucho lo que tenía de valor añadido la carátula y los libretos, algunos de ellos verdaderas obras de arte. Aunque, claro, es más fácil “pintar” en siete pulgadas (unos 18 centímetros) que en los 12 justos que ofrecen los CDs.
Como me gustaban los vinilos… pero me pillaron en una época en la que era pequeña y mis discos de grandes recuerdos eran, Bad Medicine de Bon Jovi, los discos Monstruo y en otra linea más Naif pero más bonita la banda sonora del Osito Misha (oigo un gran ohhhh), que conservo y escucho alguna vez al año. Pero la creatividad no quedó ahí, a pesar de la reducción de espacio. Sólo hay que ver el último disco de Fito (que recomiendo mucho), que contiene un libreto con las canciones muy chulo. Lo que menos echo de menos de los vinilos… las broncas que me caían por cada agujita que me cargaba… que delicadas, a la par que caras, eran las jodías!!!!
No creo k el vinilo desaparezca nunca, el vinilo hace grande al Dj, si pinchas con otro formato no es ni lo mismo ni es un arte!!
Estoy totalmente de acuerdo! Larga vida al vinilo!!